martes, 22 de marzo de 2016

21 DEL 3

«I'm still standing in the wind
But I never wave bye bye
But I try, I try.»
  
David Bowie




En el día mundial de la poesía
trabajé de nueve a seis,
edité algunos textos comerciales
y almorcé pollo con cebollas dulces
que cociné antes de salir en bicicleta
rumbo a la oficina
donde paso ocho horas
redactando metalenguajes
y estrategias de mercado
frente a un computador
que palpita de vez en cuando,
cuando escucho canciones
de Bowie o Dylan
interpretadas por otros músicos
que se las llevan de genios
como muchos amigos
que conozco.


En el día mundial de la poesía
pedaleé doce kilómetros ida y vuelta,
sonreí con dos chicas
que llevaban cascos monos,
bebí café,
troleé catorce veces,
comí una dona
y compré una oferta
de cervezas Lager
de regreso a casa.


Ya desparramado
en mi pálido sofá
como las ostras mudas
en las pescaderías de los puertos tropicales,
posteé frases y fotos de libros exquisitos
en los muros de mis redes sociales.

Quise tener un asistente,
chica o chico o chica
con chapulines blancos
y la Wikipedia en su cabeza,
o al menos alguien al lado
para contarle
que una vez Jim Morrison
viajó a México y fue feliz
tomándose fotos
en las pirámides de Teotihuacán
o cómo Ferdinand conoció a Lola
en Viaje al fin de la noche,
aquella gran novela de Céline
que levanto todos los días
en la memoria
al igual que la mochila
donde llevo el almuerzo,
la laptop y los cigarros
que fumo de vez en cuando
en la oficina cuando necesito aire.


Pero no.


En el día mundial de la poesía
me cansé de la pantalla blanca
y me fui directo a la cocina
a preparar arroz con curry
que serví en un plato blanco
acompañado de pan y chile chipotle.
Mientras comía
esa delicia en la sala
vi fotos de súpermodelos
de Instagram
y envidié a esos fotógrafos mexicanos
que se la pasan viendo
caderas y calzones
más pequeños
que un microrrelato
de Augusto Monterroso.

Quise masturbarme.
Pero estaba muy lleno por el curry.

Así que encendí un cigarro.
Vi las luces de la ciudad
y puse Kevin Johansen
en aquel disco alegre
en el que le canta
a las bienvenidas.
Bailé y celebré
estar vivo,
realmente vivo.
Desde la ventana,
vi aviones blancos
despegar y aterrizar
con esa certeza que te dan los años
al saber que todo es pasajero y sigue
su rumbo infinito e inevitable hacia la nada.

No esperaba dormir una siesta
pero me quedé dormido una hora
entre arena de otras playas
y tiempos mejores
o peores, no lo sé,
pero bien podrías
haber estado allí
en ese susurro
de sueños rotos
que todo lo iluminan
como películas de Sodeberg o Aronofsky.
¿O es Kiéslowsky?
Ya no recuerdo.

A veces olvido cosas.

Pero después de despertar
con una melancolía un poco pasada
medité diez minutos,
pensé en Sidharta de Hesse
y en Aullido de Ginsberg,
abrí una cerveza y leí haikús
del poeta sueco Tranströmer
del que alguna vez
di una conferencia.


En el día mundial de la poesía
chateé con una amiga y un poeta.
Hice planes de verano solo en mi cabeza.
Solté las cuerdas de la distancia
y me vi en un muelle de Lisboa, recostado y solo,
viendo un suculento y frío amanecer frente al Río Tajo.

Fumé un par de cigarros más,
dejé sartenes sucios en el lavaplatos
y me fui a dormir con un recuerdo sobrio,
inhóspito de tu risa al lado de mi librera
que al final de cuentas
no me dejó dormir.
Abrí el Spotify
y fui feliz con Modern Love de Bowie
zumbando puños de ternura en mis oídos.


Así me dieron las doce de la noche
viendo fotos de una amiga nueva
en calzoneta y con aretes pardos.
Al cabo de un rato,
me fui quedando dormido
con un poema de Pessoa
que me gustaría tatuarme.
Quise despertar
para re escribir ese poema
pero el vasto peso de la poesía
me encontró durmiendo a un lado del silencio
y todo fue ronquidos tenues, soledad tremenda,
pasajes insólitos de un sueño que no pude recordar.


"Feliz día, poeta". Me dije
en algún momento de la mañana después.
Y fui feliz, muy feliz,
teniendo todo y nada al mismo tiempo.