jueves, 21 de abril de 2016

PATADA en el culo

La vida está jodida
realmente jodida
como una canción de cuna
en medio de un tiroteo de narcos
o las declaraciones estúpidas
de un payaso
que tenés por presidente

Los sueños se truncan
La esperanza es una alcancía rota
Una piñata linda deshilachada por la rabia
y todo lo que hacés
es soñar
es sonreír
es rechinar los dientes
Hacer espacios en tu agitada agenda
para salir a tomar Ginebras
con la chica que te gusta

La vida está jodida
Es un almacén de platos rotos
Una peregrinación de fracasos
a otra parte que no tiene nombre
Otro lugar
que no conocemos
y decidimos llamarle:
Desapego
Vaivén
Estruendo de mar

Tu vida está jodida
Mi vida está jodida
Todo es una carretera abandonada
Un delirio cotidiano de pagar deudas
y responder abrazos

Pero aún
Después de todo
lo jodido de este caminito
es que las estrellas te silban
un Matilisguate te ríe poemas
la niña del semáforo hace algo
que de verdad te parece emocionante
el volcán te luce su mejor pulóver
las nubes bailan sobre tu cabeza

Y entonces le das

Una patada en el culo a la tristeza
Una patada llena de miel en el culo amargo a la vida y su tristeza
Y todo es una ráfaga de cosas lindas
que llenan de calor
el frío que sentís dentro

Y la vida que está jodida
Te dice: Vamos, bróder,
mañana será otro día lindo.

viernes, 8 de abril de 2016

EN REPEAT

La musique souvent me prend comme une mer.
Charles Baudelaire



Una mañana de sábado desperté
con la certeza de que la música
había sido un aullido
del que no había despertado nunca.

Me levanté.
La sábana azul, pálida y acogedora
como dos piernas -de mujer- abiertas
me susurraba indescriptible al oido.
Tibio antojo de eyacular,
cereal y té verde.
Opté por el cereal
con Instagram y sus modelos en bikini.

Después de treinta minutos de redes
encendí la estufa y bebí agua.
Un flashback, otro y otro y otro
cruzando la cruzada de fracasos
que duermen en mi cabeza.
No pude aguantar el día
me encerré en un disco:
trouble will find me
con matt berninger
haciéndose mierda
a mi lado. No pude
hacer mucho. Nada.
El día me encontró
hilvanando
recuerditos
y borrando
fotos de días donde
los sábados eran glorias luminiscentes.


Dejé una rola en repeat
y suspiré buen rato, largo rato
queriendo salir del abismo de
estar vivo y con pendientes,
deudas, tribulaciones extenuantes.
Me vi dos de las películas
que descargué
en la oficina y
todo fue canciones delirantes,
hipertextos, trampolines hacia
otro tiempo y otra muerte
exquisita.


Quise salir.
Montar bicicleta.
Nadar en un río.
Cocinar para amigos.
Conocer una montaña.

Pero la música me abrazó
con su vaivén irresistible.

Soundtrack para un sábado de piano.

Y aquí sigo.

lunes, 28 de marzo de 2016

CIEN (a 100 kph)

«Que te haya dado flores marchitas
no significa que la vida esté muerta
sino que de alguna manera hay que preservarla»

Mi gran bróder: Simón Pedroza



(Texto sin editar)


Hace cien días tuve un accidente de esos que si salís vivo o no lastimás a alguien, es porque hay algo/alguien que de verdad te quiere vivo. Y es que eso siento, que estas horas/días/semanas/meses que han pasado desde entonces son prestados o regalados ("de más"). Porque sería tan fácil -por los pronósticos del choque aparatoso- decirles que no estaría aquí contándoles la historia. Pero bueno, la cosa es que ue traumante y fue una de esas cosas que te cambian la vida con sus hábitos y sus rituales y sus ceremonias. Fue un choque extremo y apabullante, de esos que sólo te imaginás en las películas o en los libros.

En palabras de aseguradora: pérdida total, y punto.

Pero tampoco me quiero poner testimonial o chupavergas. Lo que fue, fue. Y por suerte -o magia del destino- nadie salió lastimado o en féretros o en la cárcel o con parálisis de esas irremediables de-por-vida. Pero a ver, vamos por partes -anacrónicamente o como me dicte este impulso verborreo que significa, al menos desde hace tres meses, ESTAR VIVO-. Cuando me refiero a "estar vivo" puede ser una redundancia, una cursilería, una emoción superflua o una de esas mamonerías de poca talla. Pero no. Cuando me refiero a "estar vivo" significa estar consciente plenamente (individual y colectivo), agradecido a diario por todo y con muchísimos sentimientos más que sólo después de asimilar algo así (acumulado con otro sinfín de cosas) quedás sintiendo y viviendo todos los días.

Basta con decir que antes del accidente todo era un desvarío y un impulso constante (trémulo) por querer "tocar fondo", buscar ansiosamente el otro extremo, querer golpear contra algo (literalmente) o hacerme mierda (mierda mi vida, mierda la vida de las personas que me rodean, mierdamierda todo). 

Una manera de pernoctar tercamente fuera de uno mismo.

Una manera de existir sin verdaderamente existir. Sin compasión. Sin feelin. Deambulando.


- - -

En Instagram leí hace tres meses: "Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre". Y se volvió mi credo, mi salve, mi pancarta de vida.

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El accidente fue en el Altiplano, justo entre Sololá y Los Encuentros. Regresaba de una boda pasado de tragos y con la única (estúpida) esperanza o necesidad o necedad de querer regresar a mi casa: El Quince, #MiPisoQuince, mi zona de confort, mi refugio, mi búnker solitario al que nunca llegué sino hasta ocho o diez horas más tarde.

Iba tomado y anestesiado. Estúpidamente en automático.

Pero eso no es lo que tanto importa. Lo que importa es que iba dormido. No dormido con los ojos cerrados, sino DORMIDO DE VIDA. Dormido de tantas cosas.

¡Y zas! El talegazo metálico contra otro carro. Trompo insolente. Bajón. Vaivén. Mis ojos viendo de cerca (otra vez) a la muerte... y todo muy lejos de casa.

Después de eso, todo quietud y asombro. Silencio. Carretera solitaria. Noche oscura -oscurísima- y un poema de Pizarnik escondido detrás de las estrellas que brillaban y me hipnotizaban desde lejos. Orión otra vez. Constelación muelle, ancla y faro.


Después pasaron muchas cosas. Desde veinte policías revisando mi carro hasta la madrugada más fría de mi vida acostado en el asiento del carro, que subido a la grúa, esperábamos por un Notario y otro Ajustador para finiquitar y dejar constancia del vergazo (y la imprudencia).

Pero ese fue sólo el inicio. El inicio de algo verdaderamente hermoso que empezaba con algo terriblemente caótico y doloroso.

"Sacar belleza de este caos es virtud", dice Cerati sabiamente. Y eso toca.

Lo material: pues-bueno-es-material-al-final-de-cuentas. Y se recupera. Es sólo tránsito.

La vida: es sólo una. No se recupera nunca (a lo Pink Floyd).


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Todo cambió por completo: mis días cambiaron, mis noches cambiaron, mis hábitos cambiaron, mi manera de interactuar y movilizarme cambió tempestivamente (ahora me muevo en bici, taxi y aveces a jalón de amigas o amigos). Hasta la manera de agradecer a las personas que la vida me pone enfrente cambió por completo. Ahora todo es un verdadero regalo: MI FAMILIA, MI TRABAJO, LOS AMIGOS, LAS AMIGAS, las personas que voy conociendo, a quienes conoceré, lo que como, lo que escucho, lo que lo que celebro, lo que hago, lo que veo, lo que escucho, lo que tengo, lo que no tengo, donde voy, donde no he ido, DE DONDE VENGO.

Todo es un regalo. Y lo seguirá siendo.


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Algo curioso: el accidente ya lo había presagiado. De alguna extraña manera iba hacia él sin detenerme y sin casualidad, sólo CAUSALIDAD. En varios poemas de agosto a noviembre -aquí en La Bicicleta- se veía el estruendo del tsunami. E incluso en un cuento que publiqué en Revista Plomo (de noviembre) también hay algo de recurrencia contundente. Una chica, Eva, se accidenta después de una fiesta de ácidos, ecstasi, coca y guaro. El cuento lo inspiró un accidente que vi en septiembre a dos cuadras de mi casa. Así que no hacerme responsable por el accidente sería estúpido. Soy 100% responsable más no culpable. La culpa es otra cosa, otro veneno, otra llaga y látigo con millón de posibilidades dolorosas. Pero ese sufrimiento culposo es opcional. Uno decide si quiere martirizarse o hacerse mierda hasta la médula.

El dolor, mis queridas y queridos, eso sí es algo inevitable.


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Hay tantas cosas que no se pueden decir en un texto. Toca ir asimilando conscientemente.

Ya sea meditando, leyendo, conversando, reflexionando o soltando.

La lección más grande que me dio la vida (ese putazo en el estómago) fue: DESAPEGO.

Y no precisamente desapego material o emocional, si no uno más certero y profundo. En esta vida estamos de paso, por eso aferrarse a ella es absurdo. También es absurdo aferrarse a una persona, a un recuerdo, a un pensamiento o sencillamente a algo. En el desapego está la fórmula que nos hace libres. Todo lo demás son cadenas, y como dice una foto que me compartió una amiga a quien quiero mucho: "Las únicas cadenas que te dan libertad son las de la BICI". Qué belleza.


- - -

En bicicletear he encontrado lo que había perdido de mi infancia. Había olvidado que me encantan las bicicletas, que son mi objeto místico y que este blog se llama así por algo. Bicicleteando he encontrado muchísimas cosas que no me alcanza contarles en palabras.


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El accidente fue antes de las fiestas de fin de año. Esa época que además te pone más melancólico y agradecido y cursi que de costumbre. Pero en mí el accidente significó algo más. Una especie de mantra, religión y un día a día valorando/aceptando lo que viene. Estaba muy solo, vacío, derrotado y muerto por dentro.


Hoy, cien días después de hacer leña mi carro hizo valer mi vida, y hasta por fin me animé a escribir/balbucear/confesar algo -que seguramente se va a transformar en algo más significativo sino es que ya se está transformando-.

Por eso esto es sólo un esbozo del suceso. Una manera de nombrarlo, una manera de catársis, una manera de (sencillamente) recordar que HAY QUE CELEBRAR LA VIDA.

Al final, la vida es un poema y un regalo. Siempre lo he dicho.

Por eso hoy más que nunca la vivo despacio y preservo e idolatro.

Y encontrarme el libro de mi gran bróder Simón en la librera, fue otro indicio de que vienen solo puras cosas bellas, memorables y llenas de otro millón de cosas perdurables.


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Aún recuerdo las sabias palabras de mi madre un mes después del accidente:

"Estás vivo, así que disfrutá todo lo que estás viviendo".

Tan sencillo, tan básico y tan-se-nos-olvida-todo-el-tiempo.

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Gracias por leer esto.

Y gracias por leer mis libros y mis poemas y mis artículos y mis reseñas y mis balbuceos musicales y mis inventos gastronómicos y todo lo que hago. Significa mucho que hayan testigos, aunque yo hago todo lo que hago por necesidad, PORQUE SI NO LO HAGO ME MUERO.


- - -

Ahora más que nunca regreso a mis canciones de veinteañero: "GRACIAS A LA VIDA y QUIÉN DIJO QUE TODO ESTÁ PERDIDO".

A regresar a la esencia, ahí está la ruta. A disfrutar cada instante y cada experiencia.

Todo es impermanente, sagrado y un regalo.
 

Así sigo con mi día. Cambio y fuera.

domingo, 27 de marzo de 2016

SOFI no sufras


Mi hija Sofía,
de dos años y medio,
aún no llora como podría llorar
porque todavía estoy
en la barra del antro
pidiendo Gins
y pensando
que la nena
que acaba de pasar,
sonriendo a mi lado,
podría ser su mamá.

La nena lleva denim claros,
chapulines blancos
y una camiseta
de Los Smiths
que sería muy
grato quitársela
después de dos rondas.

Me ve de reojo, sonríe.
Yo pienso en su cadera
y en la pulsera de The Clash
que lleva en la muñeca izquierda
pero también pienso en Sofi
y su mirada luminaria
llena de inocencia, estruendo y verdad.

Sofi ni siquiera tiene pelo.
Sofi ni siquiera tiene esas
esas manitas que me encantan.
Sofi ni siquiera tiene voz,
pero cada vez que dice "papá"
algo dentro de mí se ilumina,
se calma y no sé qué más decir
porque su voz lo llena todo de ternura.

Sofi también sabe
que en este bar hipster
estoy un poco aburrido,
y yo sé que lo sabe
porque cada vez
que alguien mete una moneda en la rocola,
la voz del Buki suena triste
y quiero irme a otro antro
o quiero irme muy lejos
a otro país, Finlandia por decir alguno.


Por eso pago y me largo.
Camino hacia el baño
y sigo sin entender como
dos punks que me miran raro
y perfuman el ambiente con patchuli
pueden tararear El Buki
al mismo tiempo
se estiran sus camisetas
sin mangas de Dead Kennedys.

Paso a la par de ellos
y sólo con la mirada les digo:
"Mejor vamos por algo más fuerte,
ustedes conocen antros más turbios"

O tal vez no,
porque el delirio soy yo solo.
Yo soy la turbulencia sin frenos.
El tren exquisito que no para.
La ola del tsunami que lo arrastra todo.
Quisiera escuchar certezas
con cigarros rotos
y melenas convulsas
en picada al ritmo de The Strokes.
Tengo ganas de hacer algo especial
pero tengo miedos de ir al afterparty,
sueños obtusos que pululan
calaveras negras
al ritmo de bachata
trabada en el olvido.
Tengo una voz en off
con alguien que me llama
desde el fondo de la puerta
y veo al fondo y no veo nada.


Al final después de volver del baño
pido otra ronda y saludo a los punks.
Al cabo de un rato

los invito a una ronda
y como era de esperarse
me presentan a su amiga, Lucía,
quien me observa furtivamente
de pies a cabeza como explorándome.
Sabe que aunque no lleve una pancarta
soy de los suyos, más suyo que ellos mismos.
Al cabo de media hora
ya estamos bailando juntos
y en su mirada,
cada vez que la observo perdidamente
sólo escucho la voz de Sofía que me dice:

"Vamos ya, papi".


Pero yo no quiero.
Estoy feliz aquí bailando.
Recitando versos de Lautreamont.
Gimiendo brindis con Paulina Rubio.
La noche es rápida
La noche es confusa.

La noche es obtusa.
Yo fui noche muchas veces,
trémulo deathmetal,
mezclado con cocaína
mezclado con miradas y abrazos tristes.
También fui todo lo que nunca podrés ser.


Por eso que los bracitos de Sofi
no me abracen esta noche
también

me hacen feliz y taciturno,
me hacen convulsionar de rabia
mientras miro sus pecas brillar
con cada fa sostenido que chilla
de la rocola,
y yo le digo:

"Sofi, no sufras".

"Un día tu mamá
te dirá lo mismo".

jueves, 24 de marzo de 2016

PINTA FIESTA PINTA

«They're applauding the DJ.
Not the music, not the musician, not the creator, but the medium.
This is it. The birth of rave culture. The beatification of the beat.
The dance age».

Tony Wilson en un toque de A Guy called Gerald (24 Hour Party People)





He visto
el deterioro
en las fiestas
y en los andamios
del impulso noctámbulo
de dos o tres generaciones.
He visto amigos sumergirse
en el abismo de las pretenciones
y he visto a otros hacerse grandes.


Desde hace
quince años
deambulo delirante
por todas las fiestas
siempre esperando
algo desconocido
único
irremediable
que sólo leo
en Houllebecq
o veo en Gaspar Noé
donde la noche y la madrugada
son altares para rendirle culto
al hedonismo y nihilismo más erecto.


La fiesta es una Salve.
La fiesta es un exorcismo salvaje.
Un mantra sagrado desde hace milenios.
La catársis del baile y el trance
no es algo que haya nacido hace poco
con la histeria de todas las redes sociales.
La fiesta es un ritual,
un hexagrama exquisito,
una invitación espontánea
pero programada matemáticamente
a soltar las cadenas que nos rigen.

¡Vamos a bailar! ¡Habgamos estallar el cosmos!

Vamos a ponernos explícitos y sensoriales
si al final la música y el guaro y las drogas
también son sensación en sus exquisitas fórmulas.
¡Pero no insistas en las drogas!
Yo tampoco lo haré esta noche.
Las drogas son un añadido talentoso
pero no es "el todo". Hasta Hoffman
nos lo dijo muy serenamente en su tibio laboratorio.


Por eso cuando me invitan a una fiesta nueva
me pongo difícil y ruco y escéptico y distante.
Quisiera escuchar a los Happy Mondays
con sus intervenciones entrañables
o a David Graham dando vueltas y
vueltas hasta el infinito más causal
de toda la galaxia que nos irradia;
pero quisiera aún más:
Bailar
Sentir
Viajar
Desaparecer
Dejar el piso
de los mortales
al sentir un superbajo o un visual potente
que acertó por sorpresa con lo que yo pensaba.

No quiero viajes cortos. Quiero paraísos longevos.

Luces que exploten
en cada uno de mis
recuerdos
bailes
síntomas
estruendos.
Quiero olvidar,
pasármela bien unas horas
y desconocer el tedio que es vivir
con compromisos y acuerdos y leyes
que nos hacen limítrofes e inconformes.


Por eso
cuando
mi chavo partylover,
ese que todas y todos
llevamos muy dentro,
me dice:
"pinta-fiesta-pinta",

yo sabré
que la madrugada
será una serpiente
en la que todos cabalgaremos
hasta el horizonte más inhóspito.


Ahí donde podremos
hacer como Jim Morrison:
"We coud plan a murder... or start a religion".

martes, 22 de marzo de 2016

21 DEL 3

«I'm still standing in the wind
But I never wave bye bye
But I try, I try.»
  
David Bowie




En el día mundial de la poesía
trabajé de nueve a seis,
edité algunos textos comerciales
y almorcé pollo con cebollas dulces
que cociné antes de salir en bicicleta
rumbo a la oficina
donde paso ocho horas
redactando metalenguajes
y estrategias de mercado
frente a un computador
que palpita de vez en cuando,
cuando escucho canciones
de Bowie o Dylan
interpretadas por otros músicos
que se las llevan de genios
como muchos amigos
que conozco.


En el día mundial de la poesía
pedaleé doce kilómetros ida y vuelta,
sonreí con dos chicas
que llevaban cascos monos,
bebí café,
troleé catorce veces,
comí una dona
y compré una oferta
de cervezas Lager
de regreso a casa.


Ya desparramado
en mi pálido sofá
como las ostras mudas
en las pescaderías de los puertos tropicales,
posteé frases y fotos de libros exquisitos
en los muros de mis redes sociales.

Quise tener un asistente,
chica o chico o chica
con chapulines blancos
y la Wikipedia en su cabeza,
o al menos alguien al lado
para contarle
que una vez Jim Morrison
viajó a México y fue feliz
tomándose fotos
en las pirámides de Teotihuacán
o cómo Ferdinand conoció a Lola
en Viaje al fin de la noche,
aquella gran novela de Céline
que levanto todos los días
en la memoria
al igual que la mochila
donde llevo el almuerzo,
la laptop y los cigarros
que fumo de vez en cuando
en la oficina cuando necesito aire.


Pero no.


En el día mundial de la poesía
me cansé de la pantalla blanca
y me fui directo a la cocina
a preparar arroz con curry
que serví en un plato blanco
acompañado de pan y chile chipotle.
Mientras comía
esa delicia en la sala
vi fotos de súpermodelos
de Instagram
y envidié a esos fotógrafos mexicanos
que se la pasan viendo
caderas y calzones
más pequeños
que un microrrelato
de Augusto Monterroso.

Quise masturbarme.
Pero estaba muy lleno por el curry.

Así que encendí un cigarro.
Vi las luces de la ciudad
y puse Kevin Johansen
en aquel disco alegre
en el que le canta
a las bienvenidas.
Bailé y celebré
estar vivo,
realmente vivo.
Desde la ventana,
vi aviones blancos
despegar y aterrizar
con esa certeza que te dan los años
al saber que todo es pasajero y sigue
su rumbo infinito e inevitable hacia la nada.

No esperaba dormir una siesta
pero me quedé dormido una hora
entre arena de otras playas
y tiempos mejores
o peores, no lo sé,
pero bien podrías
haber estado allí
en ese susurro
de sueños rotos
que todo lo iluminan
como películas de Sodeberg o Aronofsky.
¿O es Kiéslowsky?
Ya no recuerdo.

A veces olvido cosas.

Pero después de despertar
con una melancolía un poco pasada
medité diez minutos,
pensé en Sidharta de Hesse
y en Aullido de Ginsberg,
abrí una cerveza y leí haikús
del poeta sueco Tranströmer
del que alguna vez
di una conferencia.


En el día mundial de la poesía
chateé con una amiga y un poeta.
Hice planes de verano solo en mi cabeza.
Solté las cuerdas de la distancia
y me vi en un muelle de Lisboa, recostado y solo,
viendo un suculento y frío amanecer frente al Río Tajo.

Fumé un par de cigarros más,
dejé sartenes sucios en el lavaplatos
y me fui a dormir con un recuerdo sobrio,
inhóspito de tu risa al lado de mi librera
que al final de cuentas
no me dejó dormir.
Abrí el Spotify
y fui feliz con Modern Love de Bowie
zumbando puños de ternura en mis oídos.


Así me dieron las doce de la noche
viendo fotos de una amiga nueva
en calzoneta y con aretes pardos.
Al cabo de un rato,
me fui quedando dormido
con un poema de Pessoa
que me gustaría tatuarme.
Quise despertar
para re escribir ese poema
pero el vasto peso de la poesía
me encontró durmiendo a un lado del silencio
y todo fue ronquidos tenues, soledad tremenda,
pasajes insólitos de un sueño que no pude recordar.


"Feliz día, poeta". Me dije
en algún momento de la mañana después.
Y fui feliz, muy feliz,
teniendo todo y nada al mismo tiempo.

jueves, 17 de marzo de 2016

BREVES

*
Escucho Foals a media noche
y esa distorsión me llena
de vacío
tedio
olvidos postergados
a final de página insolados
por el fuego de las decepciones. Miedos. Rabia.

Lo sé,  Kafka estaría orgulloso de mi desencanto.



*
Amanecer entre tus piernas.
Tatuadas.
Ansiosas.
Delirantes.
Doblemente solitarias.

Es reencontrar los sismos que me agitan,
esos que gimen maremotos en las playas más calmas.



*
Me crecen pelos en la espalda
que no había visto hasta anoche.
Tal vez, debe ser,
que nunca antes
había vislumbrado los ángulos ignotos
del poema que nombro, vivo y renombro.



*
Chateo por messenger
con pequeñas diosas
de melenas pintadas,
de rostros pálidos
tristes y areteados.
Ellas han de decir de mí:
Este ruco que deahuevo y sexy.



*
Alguna vez coleccioné postales.
Un día me di cuenta
que eran más de mil
y que era estúpido coleccionarlas.
Las desempolvé.
Rompí algunas, regalé otras.

Después me puse a escuchar Morrissey
con un vaso de cerveza oscura
y sentí como si estuviera en Manchester.



*
Una nena llega a mi lectura de poemas.
Me coquetea y abraza furtivamente.
No le hago caso, para qué.
Hasta que mete mi mano
debajo de su falda y descubro su arete
que dos horas después
tuve entre mis labios
mientras pensaba y repensaba
que Bolaño o Morrison no estaban muertos,

sólo andaban tristemente de parranda.



*
Llego a un bar,
y del otro lado
de la barra distingo
a una treintañera
con escote y leggins
Los leggins no mienten.
Yo tampoco.

Me reconoce.
Sabe que soy incontrolable.
A la mañana siguiente
desnudos y silentes

descubro que fue la casi esposa
de un conocido, y siento culpa.



*
Llego a casa y veo que tengo mil pendientes.
Enciendo la máquina y entran diez mensajes. Veinte.
Es la chica que conocí la otra noche en el bar.
Le pido un taxi. Viene. Se desviste.
Después de un rato se duerme a mi lado
y sin tener sexo. Noche tranquila. Necesaria.


*
Voy al concierto
de unos amigos que tocan música
para viajes multidimensionales.
Los escucho.

Sueño.
Bailo.
Después me entra el bajón
y bebo tequila con otro amigo músico
que me dice: escuchá, soñá, bailá.
Le respondo: "Lo sé, por eso reseñé tu disco".



*
A veces me da por salir a bailar.
Son las once de la noche
y pido un taxi, me enrosco en la noche, viajo, llego al club.

Otras veces no quiero ver a nadie
y disecciono el cine escandinavo o ruso
en moléculas de caricias que no recuerdo. Todas son bailables.



*
Suenan los pajaritos. Es marzo.
Las jacarandas gimen purpúreas esperanzas.
Yo no. Ya no.
Sólo quiero paz en mi beanbag negro
con vista al deterioro de todos los fracasos.