lunes, 26 de noviembre de 2007

A.M. (Anotaciones Matinales, uno)

Miscelánea de deseos danzando en matutinas cápsulas de cautela. Homogéneas manos palpando el último rincón del alba. Tus pies inquietos, somnolientos. Mi castaña mirada en adiestrado mutismo frotando los pliegues de tu suspicaz cadera. La ventana solemne, el piso tembloroso, la jardinera verde con florecitas del color de tu pávida Pijama Rosa. Tu flagrante melena haciéndole cosquillas a mi legible silencio. La lamparita rosa, las constelaciones de sueño sutilmente colocadas en el techo del día. Mi perspicaz y anémica melena, con ese olor a difunto y tabaco que deja el vestigio de la noche más insurrecta, tibiamente colocada sobre la almohadita compartida. La frazada desvelándose los nervios. El agua quieta en los estanques del deseo. Tu quijada en jaquemate, mis subacuáticos huesos tiritando de cansancio y tu paladar desnudo situado en la acera de mis triviales certidumbres.


La mañana empieza, el amor sustrae de ella los minutos que luego nos harán falta. Me detengo en tu tibio y constante abrazo, te detienes en mi lugar de siempre y los cuerpos empiezan a llenarse de una anhelada y sospechosa costumbre. Afuera llueve. Un matinal indicio de fascinación seduce a la preeminente pero vulgar city. Un motor de auto asesina bestialmente al silencio. Una camada de anhelos brota desafiante sobre el fulgor exacto de la ansiosa epidermis.

Una marea de complicidades invade el frugal dique de las paciencias, un alfabeto de verdades se conjuga sobre el cuadernito de las asperezas.


Dos irrefutables barriletes se enamoran, entre los caudales infinitos del día a día. Momento a momento. Sientes. Siento.