domingo, 27 de marzo de 2016

SOFI no sufras


Mi hija Sofía,
de dos años y medio,
aún no llora como podría llorar
porque todavía estoy
en la barra del antro
pidiendo Gins
y pensando
que la nena
que acaba de pasar,
sonriendo a mi lado,
podría ser su mamá.

La nena lleva denim claros,
chapulines blancos
y una camiseta
de Los Smiths
que sería muy
grato quitársela
después de dos rondas.

Me ve de reojo, sonríe.
Yo pienso en su cadera
y en la pulsera de The Clash
que lleva en la muñeca izquierda
pero también pienso en Sofi
y su mirada luminaria
llena de inocencia, estruendo y verdad.

Sofi ni siquiera tiene pelo.
Sofi ni siquiera tiene esas
esas manitas que me encantan.
Sofi ni siquiera tiene voz,
pero cada vez que dice "papá"
algo dentro de mí se ilumina,
se calma y no sé qué más decir
porque su voz lo llena todo de ternura.

Sofi también sabe
que en este bar hipster
estoy un poco aburrido,
y yo sé que lo sabe
porque cada vez
que alguien mete una moneda en la rocola,
la voz del Buki suena triste
y quiero irme a otro antro
o quiero irme muy lejos
a otro país, Finlandia por decir alguno.


Por eso pago y me largo.
Camino hacia el baño
y sigo sin entender como
dos punks que me miran raro
y perfuman el ambiente con patchuli
pueden tararear El Buki
al mismo tiempo
se estiran sus camisetas
sin mangas de Dead Kennedys.

Paso a la par de ellos
y sólo con la mirada les digo:
"Mejor vamos por algo más fuerte,
ustedes conocen antros más turbios"

O tal vez no,
porque el delirio soy yo solo.
Yo soy la turbulencia sin frenos.
El tren exquisito que no para.
La ola del tsunami que lo arrastra todo.
Quisiera escuchar certezas
con cigarros rotos
y melenas convulsas
en picada al ritmo de The Strokes.
Tengo ganas de hacer algo especial
pero tengo miedos de ir al afterparty,
sueños obtusos que pululan
calaveras negras
al ritmo de bachata
trabada en el olvido.
Tengo una voz en off
con alguien que me llama
desde el fondo de la puerta
y veo al fondo y no veo nada.


Al final después de volver del baño
pido otra ronda y saludo a los punks.
Al cabo de un rato

los invito a una ronda
y como era de esperarse
me presentan a su amiga, Lucía,
quien me observa furtivamente
de pies a cabeza como explorándome.
Sabe que aunque no lleve una pancarta
soy de los suyos, más suyo que ellos mismos.
Al cabo de media hora
ya estamos bailando juntos
y en su mirada,
cada vez que la observo perdidamente
sólo escucho la voz de Sofía que me dice:

"Vamos ya, papi".


Pero yo no quiero.
Estoy feliz aquí bailando.
Recitando versos de Lautreamont.
Gimiendo brindis con Paulina Rubio.
La noche es rápida
La noche es confusa.

La noche es obtusa.
Yo fui noche muchas veces,
trémulo deathmetal,
mezclado con cocaína
mezclado con miradas y abrazos tristes.
También fui todo lo que nunca podrés ser.


Por eso que los bracitos de Sofi
no me abracen esta noche
también

me hacen feliz y taciturno,
me hacen convulsionar de rabia
mientras miro sus pecas brillar
con cada fa sostenido que chilla
de la rocola,
y yo le digo:

"Sofi, no sufras".

"Un día tu mamá
te dirá lo mismo".